El primer hombre
El primer hombre Era la misma angustia que a veces trataba de vencer, por orgullo o vanidad, en ciertas circunstancias, cuando su abuela le ordenaba que fuera a buscar una gallina al corral. Sucedía siempre de noche, en vísperas de una fiesta importante, Pascua o Navidad, o de la visita de parientes más afortunados a los que deseaban agasajar disimulando al mismo tiempo, por decencia, la situación real de la familia. En efecto, en los primeros años del liceo la abuela había pedido al tío Joséphin que le trajera unos pollos árabes de sus excursiones comerciales del domingo, y había movilizado al tío Ernest para que construyera en el fondo del patio, directamente sobre el suelo pegajoso de humedad, un precario gallinero donde criaba cinco o seis volátiles que le daban huevos y en ocasiones sangre. La primera vez que la abuela decidió proceder a una ejecución, con la familia sentada en torno a la mesa, pidió al mayor de los niños que fuera a buscar a la víctima. Pero Louis se negó,[143] declarando francamente que tenía miedo. La abuela se burló y fustigó a esos hijos de ricos que no eran como los de otros tiempos, allá en su pueblo, que no tenían miedo de nada.
—Jacques es más valiente, lo sé. Ve tú.