El primer hombre

El primer hombre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Sí, se había terminado, aunque el verano fuese el mismo de antes, con su calor, su tedio. Pero había perdido lo que antes lo transfiguraba: el cielo, los espacios, las voces. Jacques ya no pasaba el día en el barrio leonado de la miseria, sino en el del centro, donde el revoque del pobre era sustituido por el cemento de los ricos, que daba a las casas un color gris más distinguido y más triste. A las ocho, en el momento en que Jacques entraba en el almacén, que olía a hierro y a sombra, en su interior se apagaba una luz, el cielo desaparecía. Saludaba a la cajera y subía a la gran oficina mal iluminada del primer piso. En la mesa central no había lugar para él. El viejo contable, con sus bigotes amarillentos por los cigarrillos que liaba a mano y pitaba a lo largo del día, su auxiliar, un hombre de unos treinta años semicalvo, de torso y semblante taurinos, dos empleados más jóvenes, uno delgado, moreno, musculoso, con un bello perfil recto, que llegaba siempre con la camisa mojada y pegada, despidiendo un buen olor marino porque iba todas las mañanas a bañarse en la escollera, antes de enterrarse en la oficina el día entero, el otro gordo y risueño, incapaz de contener su vitalidad jovial, y por último la señora Raslin, la secretaria de dirección, un poco caballuna pero bastante agradable de ver, con sus vestidos de algodón o de dril siempre rosados, pero que paseaba por el mundo entero una mirada severa, bastaban para ocupar toda la mesa con sus expedientes, sus libros de cuentas y sus máquinas. Jacques ocupaba una silla a la derecha de la puerta del director, a la espera de que le dieran trabajo, que, las más de las veces, consistía en clasificar facturas o correo comercial en el fichero que enmarcaba la ventana, y al principio le gustaba sacar los clasificadores con sus cordones, manejarlos y respirarlos, hasta que el olor de papel y de cola, exquisito al comienzo, terminó por ser para él el olor mismo del tedio, o bien le pedían que verificara una vez más una larga suma y lo hacía sobre sus rodillas, sentado en su silla, o el auxiliar del contable lo invitaba a «repasar» con él una serie de cifras, y siempre de pie, marcaba aplicadamente las cifras que el otro enumeraba con voz apagada y sorda, para no molestar a sus colegas. Por la ventana se podía ver la calle y los edificios de enfrente, pero jamás el cielo. A veces, aunque no era frecuente, enviaban a Jacques a la carrera, en busca de material de oficina, a la papelería que estaba cerca del almacén, o a Correos a despachar un giro urgente. La oficina de Correos quedaba a doscientos metros de distancia, en un ancho paseo que subía desde el puerto hasta lo alto de las colinas, donde estaba construida la ciudad. En ese paseo Jacques reencontraba el espacio y la luz. Correos mismo, instalado en el interior de una inmensa rotonda, estaba iluminado por tres grandes puertas y una vasta cúpula de la que chorreaba la luz.{174} Pero casi siempre, desgraciadamente, Jacques debía despachar la correspondencia al final del día, al salir de la oficina, y entonces era una faena más, pues había que correr, a la hora en que la luz empezaba a palidecer, hacia oficinas invadidas por una multitud de clientes, hacer la cola delante de las ventanillas, y la espera alargaba aún más su horario de trabajo. Prácticamente, el largo verano se diluía para Jacques en días sombríos y sin brillo, y en ocupaciones insignificantes.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker