El primer hombre
El primer hombre —Discúlpeme. ¿No quiere un poco de queso? ¿No? ¡Siempre tan frugal! ¡Duro oficio el de querer agradar!
Un brillo malicioso se filtró de nuevo entre sus párpados entrecerrados. HacÃa ya veinte años que Cormery conocÃa a su viejo amigo [añadir aquà por qué y cómo] y aceptaba sus ironÃas con buen humor.
—No es por agradar. Si como demasiado me siento pesado. Me aplasto.
—SÃ, deja de planear por encima de los demás.
Cormery miraba los buenos muebles rústicos que llenaban el comedor de techo bajo, con vigas encaladas.
—Querido amigo —dijo—, usted siempre ha pensado que soy orgulloso. Lo soy. Pero no siempre ni con todos. Con usted, por ejemplo, soy incapaz de orgullo.
Malan apartó la mirada, lo que era en él signo de emoción.
—Lo sé —dijo—, pero ¿por qué?
—Porque le tengo afecto —respondió Cormery con calma.
Malan acercó la ensalada de frutas y no contestó nada.
—Porque —prosiguió Cormery—, cuando yo era muy joven, muy necio y estaba muy solo (¿recuerda, en Argel?), usted se acercó a mà y sin mostrarlo me abrió las puertas de todo lo que yo amo en este mundo.
—¡Oh! Usted tiene grandes condiciones.