El primer hombre
El primer hombre —No, no soy generoso. Soy avaro de mi tiempo, de mis esfuerzos, de mi fatiga, y eso me repugna. Pero lo que acabo de decir es cierto. Usted no me cree, y ése es su defecto y su verdadera impotencia, aunque sea un hombre superior. Porque se equivoca. BastarÃa una palabra, en este mismo momento, y todo lo que poseo serÃa suyo. Usted no lo necesita, no es más que un ejemplo. Pero no es un ejemplo arbitrariamente escogido. En realidad todo lo que poseo es suyo.
—Se lo agradezco, de verdad —dijo Malan entrecerrando los ojos—, estoy realmente conmovido.
—Bueno, le hago sentirse incómodo. A usted tampoco le gusta que se hable con demasiada franqueza. Sólo deseaba decirle que lo quiero a usted con todos sus defectos. Quiero o venero a pocas personas. Por todo lo demás, me avergüenzo de mi indiferencia. Pero en cuanto a las personas a las que quiero, nada, ni yo mismo, ni siquiera ellas, harán que deje jamás de quererlas. Son cosas que he tardado en aprender; ahora lo sé. Dicho esto, prosigamos nuestra conversación: usted no aprueba que yo trate de informarme sobre mi padre.
—Es decir, sÃ, le apruebo, pero temo que sufra una decepción. Un amigo mÃo que estaba muy enamorado de una muchacha y querÃa casarse con ella, cometió el error de informarse.
—Un burgués —dijo Cormery.
—Sà —admitió Malan—, era yo.