El primer hombre
El primer hombre Se echaron a reÃr.
—Yo era joven. Recogà opiniones tan contradictorias que la mÃa vaciló. Empecé a dudar de si la querÃa o no la querÃa. En una palabra, me casé con otra.
—Yo no puedo encontrar un segundo padre.
—No. Por suerte. Basta con uno, si he de juzgar por mi experiencia.
—Bueno —dijo Cormery—. Además, tengo que ir a ver a mi madre dentro de unas semanas. Es una oportunidad. Y si le he hablado de la cuestión ha sido sobre todo porque hace un momento me perturbó la diferencia de edad a mi favor. A mi favor, sÃ.
—Ya, comprendo.
Cormery miró a Malan.
—Puede decirse que no envejeció. Se le ahorró ese sufrimiento, y es un sufrimiento largo.
—Con algunas alegrÃas.
—SÃ. Usted ama la vida. Es necesario, es lo único en que cree.
Malan se sentó pesadamente en una poltrona tapizada de cretona y de pronto una expresión de indecible melancolÃa transfiguró su rostro.
—Tiene usted razón. Yo la he amado, la amo con avidez. Y al mismo tiempo me parece horrible, y también inaccesible. Por eso creo, por escepticismo. SÃ, quiero creer, quiero vivir, siempre.
Cormery se mantuvo callado.