El primer hombre
El primer hombre —A los sesenta y cinco años, cada año es una prórroga. Quisiera morirme tranquilo, y morirse es aterrador. No he hecho nada.
—Hay seres que justifican el mundo, que ayudan a vivir con su sola presencia.
—Sí, y se mueren.
Guardaron silencio y el viento sopló con un poco más de fuerza alrededor de la casa.
—Tiene razón, Jacques —dijo Malan—. Vaya a buscar informaciones. Usted ya no necesita un padre. Se ha criado solo. Ahora puede amarlo como usted sabe amar. Pero —dijo, y vacilaba—… vuelva a verme. Ya no me queda mucho tiempo. Y perdóneme…
—¿Perdonarle? —dijo Cormery—. Se lo debo todo.
—No, usted no me debe gran cosa. Perdóneme por no saber corresponder a veces a su afecto…
Malan miraba la gran lámpara a la antigua que colgaba sobre la mesa, y su voz ensordeció para decir algo que, unos momentos más tarde, solo en el viento y en el suburbio desierto Cormery seguía escuchando incesantemente:
—Hay en mí un vacío atroz, una indiferencia que me hace daño…{19}