El primer hombre

El primer hombre

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El viento parecía haberse calmado, aplastado por el sol. El barco había perdido su leve balanceo y avanzaba ahora como por un camino rectilíneo, las máquinas a toda marcha, la hélice perforando el espesor de las aguas y el ruido de los pistones tan regular que se confundía con el clamor sordo e ininterrumpido del sol en el mar. Jacques estaba semidormido, el alma embargada por una suerte de angustia feliz ante la idea de volver a ver Argel y la casita pobre de los suburbios. Era lo que ocurría cada vez que salía de París para ir a África, un júbilo sordo, el corazón ensanchado, la satisfacción del que acaba de evadirse con éxito y se ríe pensando en la cara de los guardianes. Y cada vez que regresaba en coche o en tren, se le encogía el corazón al ver las primeras casas de los suburbios, a las que se llegaba sin saber cómo, sin fronteras de árboles ni de agua, como un cáncer aciago, exhibiendo sus ganglios de miseria y fealdad y digiriendo poco a poco el cuerpo extraño para llevarlo al corazón de la ciudad, allí donde una decoración espléndida le hacía olvidar a veces la selva de cemento y de hierro que lo aprisionaba día y noche y poblaba incluso sus insomnios. Pero se había evadido, respiraba sobre las anchas espaldas del mar, respiraba a oleadas, bajo el vasto balanceo del sol, por fin podía dormir y volver a la infancia, de la que nunca se había curado, a ese secreto de luz, de cálida pobreza que lo había ayudado a vivir y a vencerlo todo. El reflejo quebrado, ahora casi inmóvil, en el cobre del ojo de buey, venía del mismo sol que, en el cuarto oscuro donde dormía la abuela, empujando con todo su peso en la superficie entera de las persianas, hundía en la sombra una espada muy fina a través de la única escotadura que un nudo de la madera había dejado al saltar en la cubrejunta de las persianas. Faltaban las moscas, no eran ellas las que zumbaban, poblaban y alimentaban su somnolencia, no hay moscas en el mar y las que el niño amaba porque eran ruidosas estaban muertas, lo único vivo en aquel mundo cloroformado por el calor, y todos los hombres y los animales estaban echados, inertes, salvo él, es verdad, que se revolvía en el estrecho espacio de la cama que le quedaba entre la pared y la abuela, queriendo él también vivir, pareciéndole que el tiempo del sueño se le arrebataba a la vida y a sus juegos. Sus camaradas lo esperaban, con seguridad, en la Rue Prévost Paradol, bordeada de jardincillos que al atardecer olían a la humedad del riego y a la madreselva que crecía en todas partes, la regaran o no. En cuanto la abuela se despertara, saldría disparado, bajaría a la Rue de Lyon, todavía desierta bajo los ficus, correría hasta la fuente que estaba en la esquina de la Rue Prévost Paradol y haría girar a toda velocidad la gran manivela de hierro en lo alto de la fuente, inclinando la cabeza bajo el grifo para recibir el gran chorro que le llenaría la nariz y las orejas, y se escurriría por el cuello abierto de la camisa hasta el vientre y debajo del pantalón corto a lo largo de las piernas hasta las sandalias. Entonces, feliz al sentir la espuma del agua entre las plantas de los pies y el cuero de la suela, correría hasta perder el aliento para unirse a Pierre{24} y a los otros, sentados a la entrada del pasillo de la única casa de dos pisos de la calle, afinando el palo de madera que serviría poco después para jugar a la billalda[25] con la paleta de madera azul.


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