El primer hombre
El primer hombre Cuando estaban todos reunidos partían, raspando al pasar, con la paleta, las verjas herrumbradas de los jardines de las casas, con un gran ruido que despertaba al barrio y sobresaltaba a los gatos dormidos bajo las glicinas polvorientas. Cruzaban la calle corriendo, tratando de pillarse, cubiertos ya de un buen sudor, pero siempre en la misma dirección, hacia el campo verde, no lejos de la escuela, a cuatro o cinco calles de allí. Pero hacían una parada obligada en lo que llamaban el chorro, una inmensa fuente redonda de dos niveles, en una plaza bastante grande, donde el agua no corría pero cuyo estanque, tapado desde hacía mucho tiempo, llenaban hasta el borde, de vez en cuando, las lluvias torrenciales. Entonces el agua se estancaba, se cubría de viejo verdín, cortezas de melón, peladuras de naranja y toda clase de desechos, hasta que el sol la aspiraba o la municipalidad reaccionaba y decidía bombearla, y un lodo seco, cuarteado, sucio, quedaba largo tiempo en el fondo del estanque a la espera de que el sol, prosiguiendo su esfuerzo, lo redujera a polvo, y el viento o la escoba de los barrenderos lo arrojara sobre las hojas barnizadas de los ficus que rodeaban la plaza. De todos modos, en verano el estanque estaba seco y ofrecía su gran borde de piedra oscura, brillante, alisado por miles de manos y fondillos de pantalones y sobre el cual Jacques, Pierre y los demás jugaban como si fuera el potro con arzón, girando sobre el trasero hasta que una caída irresistible los precipitaba al fondo poco profundo del estanque, que olía a orina y a sol.