El primer hombre
El primer hombre Después, corriendo siempre, en el calor y el polvo que cubrían con una misma capa gris sus pies y sus sandalias, volaban hacia el campo verde. Se trataba de una especie de terreno baldío detrás de una fábrica de toneles, donde, entre aros de hierro oxidado y viejos fondos de barril podridos, crecían unas matas de hierbas anémicas en las juntas de las losas de toba. Allí, dando fuertes gritos, trazaban un círculo. Uno de ellos se instalaba, paleta en mano, en el centro, y los otros, por turno, debían devolver el palo al interior. Si el palo aterrizaba dentro, el que lo había lanzado defendía a su vez el círculo con su paleta. Los más diestros{26} lo atrapaban al vuelo y lo enviaban muy lejos. En ese caso, tenían el derecho de ir al lugar donde había caído y, golpeando la extremidad con el canto de la paleta, lo hacían volar por el aire, lo enviaban más lejos todavía, y así sucesivamente hasta que, errando el golpe o porque los otros lo atajaban al vuelo, volvían rápidamente atrás para defender de nuevo el círculo contra el palo rápida y hábilmente lanzado por el adversario. Este tenis de pobres, con algunas reglas más complicadas, ocupaba toda la tarde. El más diestro era Pierre, más delgado que Jacques, también más bajo, casi frágil, tan rubio como él era moreno, rubio hasta las pestañas, entre las cuales su mirada azul y directa se ofrecía indefensa, un poco herida, asombrada, aparentemente torpe pero de una eficacia precisa y constante en la acción. Jacques, por su parte, conseguía parar los tiros en situaciones imposibles, pero no así en los reveses. Por ser capaz de lo primero y por sus logros, que despertaban la admiración de sus amigos, se creía el mejor y solía fanfarronear. En realidad, Pierre le ganaba siempre y nunca decía nada. Pero terminado el juego, se erguía cuan alto era y sonreía en silencio mientras escuchaba a los otros.{27}