El primer hombre

El primer hombre

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Cuando el tiempo o el humor no se prestaban, en lugar de correr por las calles y los terrenos baldíos se reunían primero en el corredor de la casa de Jacques. Desde allí, por una puerta del fondo, pasaban a un pequeño patio, más abajo, rodeado por las paredes de tres casas. En el cuarto lado, por encima del muro de un jardín asomaban las ramas de un gran naranjo, cuyo perfume, cuando florecía, subía a las casas miserables, pasaba por el corredor o bajaba al patio por una escalerilla de piedra. En un lado y la mitad del otro, en una pequeña construcción en escuadra, vivía el peluquero español cuyo local se abría a la calle, y una pareja de árabes;{28} algunas noches la mujer tostaba el café en el patio. En el tercer lado, los inquilinos criaban gallinas en altas jaulas destartaladas de madera y alambres. Por último, en el cuarto lado, se abrían, a cada costado de la escalera, las grandes bocas que conducían a la oscuridad de los sótanos del edificio: antros sin aberturas ni luz, cavados en la tierra, sin separación alguna, rezumantes de humedad, a los que se bajaba por cuatro peldaños cubiertos de mantillo verdecido y donde los inquilinos amontonaban en desorden el excedente de sus bienes, es decir casi nada: viejos sacos que se pudrían, maderas de cajones, antiguas palanganas oxidadas y agujereadas, en fin, lo que se amontona en todos los terrenos baldíos y no sirve ni al más miserable. Allí, en uno de esos sótanos, se reunían los niños. Allí acostumbraban a jugar los dos hijos del peluquero español, Jean y Joseph. Era su jardín particular, a las puertas de la chabola. Joseph, redondo y malicioso, se reía siempre y daba todo lo que tenía. Jean, pequeño y delgado, recogía incesantemente cuanto clavo, cuanto tornillo encontrara, y se mostraba especialmente económico con sus canicas o sus huesos de albaricoque, indispensables para uno de los juegos favoritos.{29} Imposible imaginar nada más opuesto que esos dos hermanos inseparables. Con Pierre, Jacques y Max, el último cómplice, se metían en el sótano hediondo y mojado. Sobre unos montantes de hierro oxidado tendían los sacos rotos, que se pudrían en el suelo después de limpiarlos de esos pequeños bichos grises de caparazón articulado que llamaban cochinillos de Indias. Y debajo de aquel toldo repugnante, por fin en casa (ellos que nunca habían tenido ni un cuarto propio, ni siquiera una cama que les perteneciese), encendían pequeñas hogueras que, encerradas en aquel aire húmedo y confinado, agonizaban en humo y los desalojaban de la madriguera, hasta que volvían a cubrirlas con tierra húmeda que traían del patio. Compartían entonces, no sin discutir con el pequeño Jean, los grandes caramelos de menta, los cacahuetes o los garbanzos secos y salados, los altramuces, que llamaban tramousses, o los pirulíes de colores violentos, que los árabes ofrecían a las puertas del cine vecino, en un mostrador, un simple cajón de madera montado sobre cojinetes, asaltado por las moscas. Los días de tormenta, el suelo del patio húmedo, saturado de agua, dejaba escurrir el exceso de lluvia en el interior de los sótanos, que se inundaban regularmente, y subidos en viejos cajones, jugaban a ser Robinsones, lejos del cielo puro y de los vientos del mar, triunfantes en su reino de miseria.{30}


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