El primer hombre

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Pero los mejores eran los días{32} cuyas ramas colgantes no se distinguían de las múltiples raíces que bajaban hacia el suelo desde las primeras ramas, y, todavía más lejos, hacia la meta real de la expedición, los altos cocoteros con sus racimos de pequeños frutos redondos y apretados de color naranja que llamaban cocoses. Allí había que extremar primero los reconocimientos en todas direcciones para asegurarse de que no había ningún guardián en las inmediaciones. Después empezaba el aprovisionamiento de municiones, es decir, de piedras. Cuando todos tenían los bolsillos llenos, cada uno apuntaba por turno a los racimos que, sobresaliendo del resto de los árboles, se balanceaban suavemente en el cielo. Por cada blanco acertado, caían algunos frutos que pertenecían al afortunado tirador. Los otros tenían que esperar, antes de tirar, a que recogiera su botín. En este juego Jacques, que era diestro en arrojar piedras, igualaba a Pierre. Pero los dos compartían lo que ganaban con los otros menos afortunados. El más torpe era Max, que usaba gafas y tenía mala vista. Achaparrado y recio, los demás lo respetaban desde el día en que lo vieran pelear. Mientras que en las frecuentes batallas callejeras en que participaban tenían la costumbre, sobre todo Jacques, que no podía dominar su cólera y su violencia, de arrojarse sobre el adversario para hacerle cuanto antes el mayor daño posible, con riesgo de que se lo devolvieran con creces, Max, que tenía un apellido de resonancias germánicas, un día que el gordo hijo del carnicero, apodado «Solomillo», lo trató de «cerdo alemán», se quitó tranquilamente las gafas, que confió a Joseph, se puso en guardia como los boxeadores retratados en los periódicos e invitó al otro a que repitiera su insulto. Después, aparentemente sin calentarse, evitó todos los asaltos de Solomillo, le pegó varias veces sin que el otro lo tocara y por último tuvo la felicidad de ponerle un ojo morado, suprema gloria. A partir de ese día quedó asentada la popularidad de Max en el grupito. Con los bolsillos y las manos pegajosos de fruta, salían del jardín corriendo hacia el mar y no bien habían abandonado el recinto, juntando los cocoses en sus pañuelos sucios, masticaban con delicia las bayas fibrosas, repugnantes por azucaradas y grasas, pero ligeras y sabrosas como la victoria. Después, corrían hacia la playa.


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