El primer hombre
El primer hombre Para ello había que cruzar el camino llamado de los corderos, porque era el que solían tomar los rebaños en su camino de ida o de vuelta al mercado de Maison-Carrée, al este de Argel. Era en realidad una carretera de circunvalación que separaba el mar del arco que trazaba la ciudad instalada en el anfiteatro de sus colinas. Entre la carretera y el mar, unas extensiones de arena o de polvo de cal en las que se blanqueaban maderos y trozos de hierro separaban manufacturas, ladrillares y una fábrica de gas. Una vez atravesada esa tierra ingrata, se desembocaba en la playa de Sablettes. La arena era un poco negra y las primeras olas no siempre transparentes. A la derecha, un establecimiento de baños ofrecía sus casetas y, los festivos, su sala, una gran caja de madera montada sobre pilotes, para bailar. Todos los días, durante la temporada, un vendedor de patatas fritas avivaba su hornillo. La mayor parte del tiempo el pequeño grupo no tenía siquiera el dinero para un cucurucho. Si por casualidad uno de ellos disponía de la moneda necesaria,{33} compraba el cucurucho, avanzaba gravemente hacia la playa, seguido por el cortejo respetuoso de sus camaradas, y delante del mar, a la sombra de una vieja barca desmantelada, plantando los pies en la arena, se dejaba caer sobre las nalgas, sosteniendo bien vertical el cucurucho con una mano y cubriéndolo con la otra para no perder ninguno de los grandes copos crujientes. La costumbre quería entonces que ofreciera una patata a cada uno de sus amigos, quienes saboreaban religiosamente esa única golosina caliente y perfumada de aceite fuerte. Después miraban al afortunado, que, gravemente, saboreaba una por una el resto de las patatas. En el fondo del paquete siempre quedaban restos de fritura. Todos suplicaban al ahíto que les permitiera compartirlos. Y las más de las veces, salvo cuando se trataba de Jean, él desplegaba el papel engrasado, disponía las migajas y autorizaba a todos, uno por vez, a que se sirvieran una. Hacía falta simplemente una «mano inocente» que decidiera quién atacaría primero y podría por consiguiente servirse la migaja más grande. Terminado el festín, placer y frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse. En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa y torpemente, lanzando exclamaciones,{34} escupiendo todo el tiempo, desafiándose a zambullirse o a permanecer más tiempo debajo del agua. El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de sus riquezas irreemplazables.