El primer hombre

El primer hombre

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Se olvidaban hasta de la hora, corriendo de la playa al mar, secándose en la arena el agua salada que los dejaba viscosos, lavándose después en el mar la arena que los vestía de gris. Corrían y los vencejos con sus gritos rápidos empezaban a volar más bajo sobre las fábricas y la playa. El cielo, vaciado del bochorno del día, se volvía más puro, iba poniéndose verde, la luz aflojaba y, del otro lado del golfo, la curva de las casas y de la ciudad, anegada hasta ese momento en una especie de bruma, se hacía más precisa. Aún era de día, pero las lámparas ya se encendían en previsión del rápido crepúsculo africano. Por lo general era Pierre el primero en dar la señal: «Es tarde», y en seguida venía la desbandada, la despedida apresurada. Jacques con Joseph y Jean corrían ya hacia sus casas sin preocuparse de los demás. Galopaban hasta perder el aliento. La madre de Joseph tenía la mano presta. En cuanto a la abuela de Jacques… Seguían corriendo en la tarde que caía a toda velocidad, inquietos por los primeros mecheros de gas, por los tranvías iluminados que huían delante de ellos, aceleraban la carrera, aterrados al ver la noche instalada ya, y se separaban en el umbral de la puerta sin despedirse siquiera. Esas noches Jacques se detenía en la escalera oscura y maloliente, se apoyaba en la oscuridad contra la pared y esperaba a que se calmara el corazón, que le saltaba en el pecho. Pero no podía demorarse, y saberlo le hacía jadear aún más. En tres saltos llegaba al rellano, pasaba delante de la puerta de los retretes del piso y abría la de su casa. Había luz en el comedor, al final del pasillo y, helado, oía el ruido de las cucharas en los platos. Entraba. Alrededor de la mesa, bajo la luz redonda de la lámpara de petróleo, el tío{35} semimudo seguía sorbiendo ruidosamente la sopa; su madre, todavía joven, el pelo castaño y abundante, lo miraba con su hermosa y dulce mirada. «Ya sabes…», empezaba. Pero erguida en su vestido negro, la boca firme, los ojos claros y severos, la abuela, de la que sólo veía la espalda, interrumpía a la hija.


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