El primer hombre

El primer hombre

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—¿De dónde vienes? —decía.

—Pierre me ha ayudado con los deberes de aritmética. La abuela se levantaba y se acercaba. Le olía el pelo, después le pasaba la mano por los tobillos todavía llenos de arena.

—Vienes de la playa.

—Así que eres un mentiroso —articulaba el tío.

La abuela pasaba detrás de él, cogía el látigo llamado vergajo, que colgaba detrás de la puerta, y le daba tres o cuatro fustazos en las piernas y las nalgas que le quemaban hasta hacerle gritar. Más tarde, con la boca y la garganta llenas de lágrimas, delante del plato de sopa que el tío, compadecido, le había servido, se ponía tenso para evitar que le asomaran las lágrimas. Y su madre, después de echar una rápida mirada a la abuela, volvía hacia él ese rostro que tanto amaba:

—Toma la sopa —decía—. Ya pasó. Ya pasó.

Y él se echaba a llorar.

Jacques Cormery se despertó. El sol ya no se reflejaba en el cobre del ojo de buey, sino que había bajado hasta el horizonte e iluminaba ahora el tabique de enfrente. Se vistió y subió al puente. Llegaría a Argel al final de la noche.


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