El primer hombre
El primer hombre —A los veinte años, creo. No sé. Son cosas viejas. Cuando nos casamos, ya habÃa aprendido mucho de vinos y podÃa trabajar en cualquier parte. TenÃa buena cabeza. —Lo miraba—. Como tú.
—¿Y después?
—¿Después? Llegó tu hermano. Tu padre trabajaba para Ricome, y Ricome lo mandó a su finca de Saint-Lapôtre.
—¿Saint-Apôtre?
—SÃ. Y después vino la guerra. Murió. Me mandaron la esquirla del obús.
La esquirla del obús que habÃa abierto la cabeza de su padre se guardaba en la cajita de bizcochos, detrás de las mismas toallas, en el mismo armario, con las postales enviadas desde el frente y que podÃa recitar de memoria en su sequedad y brevedad. «Mi querida Lucie. Estoy bien. Mañana cambiamos de acantonamiento. Cuida bien de los niños. Un beso. Tu marido.»