El primer hombre
El primer hombre Era verdad. Lo había olvidado. En 1905 su padre tenía veinte años. Había hecho el servicio activo, como se dice, contra los marroquíes.{42} Jacques se acordaba de lo que le había dicho el director de su escuela cuando lo encontró unos años antes en las calles de Argel. El señor Levesque había sido llamado a filas en la misma fecha que su padre. Pero habían permanecido sólo un mes en la misma unidad. Según él, había conocido mal a Cormery, porque éste hablaba poco. Infatigable en el trabajo, taciturno, pero ecuánime y de buen carácter. Una sola vez se puso Cormery fuera de sí. Era de noche, después de un día tórrido, en aquel rincón del Atlas donde el destacamento acampaba en la cima de una pequeña colina protegida por un desfiladero rocoso. Cormery y Levesque tenían que relevar al centinela apostado al pie del desfiladero. Nadie había respondido a los llamamientos. Y tras un seto de chumberas encontraron al camarada con la cabeza echada hacia atrás, extrañamente vuelta hacia la luna. Y al principio no la reconocieron, tenía una forma extraña. Pero era muy sencillo. Había sido degollado, y en la boca, la tumefacción lívida era su sexo entero. Entonces vieron el cuerpo con las piernas abiertas, el pantalón de zuavo desgarrado y en mitad de la abertura, bajo el reflejo ahora indirecto de la luna, el charco cenagoso.{43} Cien metros más lejos, esta vez detrás de un gran peñasco, estaba el segundo centinela, expuesto de la misma manera. Se dio la voz de alarma, se duplicaron los puestos de guardia. Al alba, cuando subieron al campamento, Cormery dijo que los que habían hecho eso no eran hombres. Levesque, reflexionando, respondió que, a juicio de ellos, ése era el modo en que debían obrar los hombres, que ellos estaban en su tierra, y empleaban cualquier medio. Cormery porfió.