El primer hombre
El primer hombre Reflexionando, Jacques se daba cuenta de que la persona que más le había hablado de su padre era el viejo maestro. Pero nada más, salvo detalles, de lo que el silencio de su madre le había permitido adivinar. Un hombre duro, amargo, que había trabajado toda su vida, había matado porque se lo ordenaban, aceptado todo lo que no se podía evitar, pero que conservaba en el fondo una negativa, algo inquebrantable. Un hombre pobre, en fin. Pues la pobreza no [se] elige, pero puede conservarse. Y por lo poco que sabía a través de su madre, trataba de imaginar al mismo hombre, nueve años más tarde, casado, padre de dos niños, y al que, tras haber conseguido una situación un poco mejor, se le convoca en Argel para la movilización,{44} el largo viaje nocturno con la mujer paciente y los niños insoportables, la separación en la estación y, tres días después, en el pequeño apartamento de Belcourt, su llegada repentina con el magnífico uniforme rojo y azul y los bombachos del regimiento de zuavos, sudando bajo la lana espesa, en el calor de julio,{46} por el mar que nunca lo había llevado, y los abrazó fuerte, brevemente, para marcharse al mismo paso, y la mujer en el balconcito le hizo una señal a la que él respondió en plena carrera, volviéndose para agitar el sombrero, antes de seguir corriendo por la calle gris de polvo y de calor y desaparecer delante del cine, más lejos, bajo la luz brillante de la mañana, para no volver más. El resto había que imaginarlo. No a través de lo que podía contarle su madre, que ni siquiera tenía idea de la historia o de la geografía, que sólo sabía que vivía en una tierra próxima al mar, que Francia estaba al otro lado de ese mar que jamás había atravesado, Francia, ese lugar oscuro, perdido en una noche indecisa, al que se llegaba por un puerto llamado Marsella que imaginaba como el puerto de Argel, donde brillaba una ciudad muy bella, decían, que se llamaba París, y donde había por fin una región llamada Alsacia de donde procedían los padres de su marido, huyendo, hacía mucho tiempo, de unos enemigos llamados alemanes, para instalarse en Argelia, región que era preciso recuperar de los mismos enemigos que habían sido siempre malos y crueles, sobre todo con los franceses, y sin ningún motivo. Los franceses se veían siempre obligados a defenderse de esos hombres pendencieros e implacables. Allí, junto con España, que no podía situar pero que en todo caso no estaba lejos, de donde sus padres, menorquines, se habían marchado hacía tanto tiempo como los padres de su marido para venir a Argelia porque se morían de hambre en Mahón, que no sabía siquiera que estuviese en una isla, ignorando por otra parte lo que era una isla ya que jamás había visto una. De otros países a veces la sorprendían los nombres, sin llegar a pronunciarlos correctamente. Y en cualquier caso, jamás había oído hablar de Austria-Hungría ni de Serbia, Rusia era como Inglaterra, un nombre difícil, desconocía lo que era un archipiélago y jamás hubiera podido pronunciar las cuatro sílabas de Sarajevo. La guerra estaba allí, como una nube maligna cargada de oscuras amenazas a la que no podía impedirse que invadiera el cielo, como no podía impedirse la llegada de las langostas o las tormentas devastadoras que se precipitaban sobre las mesetas argelinas. Los alemanes obligaban a Francia a ir a la guerra, una vez más, se iba a sufrir —no había causas para ello, ella no conocía la historia de Francia, ni lo que era la historia—. Conocía un poco la suya, y apenas la de aquellos a quienes quería, y éstos debían sufrir como ella. En la noche del mundo, que no podía imaginar, y de la historia, que ignoraba, una noche más oscura acababa apenas de caer, habían llegado órdenes misteriosas, traídas al pueblo por un gendarme sudoroso y cansado, y hubo que dejar la finca donde preparaban la vendimia —el cura estaba ya en la estación de Bône para despedir a los soldados: «Hay que rezar», le había dicho, y ella contestó: «Sí, señor cura», pero en realidad no lo había oído, porque no le había hablado bastante fuerte, y por lo demás no se le hubiera ocurrido la idea de rezar, nunca había querido molestar a nadie—, y su marido se había marchado con su hermoso traje multicolor, volvería pronto, todo el mundo lo decía, los alemanes serían castigados, pero entre tanto había que encontrar trabajo. Afortunadamente un vecino había dicho a la abuela que en la cartuchería del Arsenal militar se necesitaban mujeres y que darían preferencia a las esposas de los movilizados, sobre todo si tenían familia, y ella tendría la posibilidad de trabajar durante diez horas al día ordenando unos tubitos de cartón por tamaño y color, podría llevar dinero a la abuela, los niños tendrían con qué comer hasta que los alemanes fueran castigados y Henri regresara. Desde luego, no sabía que hubiera un frente ruso, ni lo que era un frente, ni que la guerra pudiera extenderse a los Balcanes, al Oriente Medio, al planeta, para ella todo ocurría en Francia, donde los alemanes habían entrado sin avisar y habían atacado a los niños. Todo pasaba allá, en efecto, lugar adonde se habían transportado, lo más rápido que se podía, las tropas de África, y entre ellas, a H. Cormery, a una región misteriosa de la que se hablaba, el Marne, sin haber tenido tiempo siquiera de encontrarles cascos, una región donde el sol no era lo bastante fuerte como para matar los colores, como en Argelia, de modo que oleadas de argelinos árabes y franceses, vestidos de tonos vivos y pimpantes, con sombreros de paja, objetivos blancos, rojos y azules que se verían a cientos de metros, llegaban a oleadas a la línea de fuego, eran destruidos a montones y empezaban a abonar un territorio estrecho que, durante cuatro años, hombres venidos del mundo entero, agazapados en madrigueras de barro, se obstinarían en defender metro por metro bajo un cielo erizado de obuses luminosos, obuses que maullaban mientras atronaban las grandes barreras de fuego que anunciaban los vanos asaltos.{47} Pero por el momento no había madrigueras, sólo las tropas de África que se fundían bajo el fuego como multicolores muñecos de cera, y cada día centenares de huérfanos nacían en todos los rincones de Argelia, árabes y franceses, hijos e hijas sin padre que tendrían que aprender a vivir sin lección y sin patrimonio. Unas semanas después, un domingo por la mañana, en el pequeño rellano interior del único piso, entre la escalera y los dos retretes sin luz, agujeros negros de mampostería, a la turca, eternamente lavados con lejía y eternamente hediondos, Lucie Cormery y su madre, sentadas en dos sillas bajas limpiaban lentejas bajo el tragaluz de la escalera, y el pequeño, en una cesta de ropa blanca, chupaba una zanahoria llena de babas cuando un señor grave y bien vestido apareció en la escalera con una especie de pliego. Las dos mujeres, sorprendidas, dejaron los platos con las lentejas limpias que sacaban de una marmita situada entre ambas, y se secaron las manos cuando el señor, que se había detenido en el penúltimo escalón, les rogó que no se movieran, preguntó por la señora Cormery, «Es ella», dijo la abuela, «yo soy su madre», y el señor dijo que era el alcalde, que traía una noticia dolorosa, que su marido había muerto en el campo de honor y que Francia lo lloraba y al mismo tiempo estaba orgullosa de él. Lucie Cormery no lo había oído, pero se levantó y le tendió la mano con mucho respeto, la abuela se incorporó, cubriéndose la boca con la mano, repitiendo «Dios mío» en español. El señor retuvo la mano de Lucie en la suya, después volvió a estrecharla con sus dos manos, murmuró unas palabras de consuelo y le entregó el pliego, se volvió y bajó las escaleras con paso pesado.