El primer hombre

El primer hombre

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Una esquirla de obús le había abierto la cabeza y lo transportaron en uno de esos trenes sanitarios pringosos de sangre, paja y vendas que hacían el trayecto entre la carnicería y los hospitales de evacuación en Saint-Brieuc. Allí había podido garabatear dos tarjetas a tientas, porque no veía. «Estoy herido. Nada grave. Tu marido.» Y murió al cabo de unos días. La enfermera escribió: «Es preferible. Hubiera quedado ciego o loco. Tenía mucho coraje». Y después la esquirla de obús.

Abajo, una patrulla de tres paracaidistas armados pasaba por la calle en fila india, mirando a todas partes. Uno de ellos era negro, alto y flexible, como un animal espléndido de piel manchada.

—Es por los bandidos —aclaró ella—. Y estoy contenta de que hayas visitado su tumba. Yo ya soy demasiado vieja y además está lejos. ¿Es bonita?

—¿Qué, la tumba?

—Sí.

—Es bonita. Hay flores.

—Sí. Los franceses son muy valientes.

Lo decía y lo creía, pero sin pensar ya en su marido, ahora olvidado, y con él la desgracia de entonces. Y no quedaba nada más, ni en ella ni en la casa, del hombre devorado por un fuego universal y del que sólo subsistía un recuerdo impalpable como las cenizas de un ala de mariposa quemada en el incendio de un bosque.


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