El primer hombre

El primer hombre

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—Se me va a quemar la comida, espera.

{49} Se levantó para ir a la cocina y él ocupó su lugar, mirando a su vez la calle sin cambios desde hacía tantos años, con las mismas tiendas de colores apagados y desconchados por el sol. Sólo el estanco de enfrente había sustituido por largas cintas multicolores de material plástico la cortina de cañitas huecas cuyo ruido peculiar todavía escuchaba Jacques, cuando la franqueaba y penetraba en el exquisito olor del papel impreso y del tabaco para comprar L'Intrépide, con sus historias de honor y de coraje que lo exaltaban. La calle vivía ahora la animación del domingo por la mañana. Los obreros, con sus camisas blancas recién lavadas y planchadas, se encaminaban charlando hacia los tres o cuatro cafés que olían a sombra fresca y a anís. Pasaban árabes, pobres también pero limpiamente vestidos, con sus mujeres siempre veladas pero con zapatos Luis XV. A veces eran familias enteras de árabes endomingados. Una de las familias llevaba tres niños a rastras, uno de ellos disfrazado de paracaidista. Y justamente en ese momento volvía a pasar la patrulla de paracaidistas, tranquilos y en apariencia indiferentes. Cuando Lucie Cormery entró en la habitación resonó la explosión.



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