El primer hombre

El primer hombre

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Parecía muy cercana, enorme, sus vibraciones se prolongaban interminablemente. Un buen rato después de oírse, la bombilla del comedor seguía vibrando en el fondo de la tulipa de vidrio que les iluminaba. Su madre retrocedió al fondo de la habitación, pálida, los ojos negros llenos de un terror que no podía dominar, vacilando un poco.

—Es aquí. Es aquí —repetía.

—No —dijo Jacques y se precipitó a la ventana.

La gente corría, él no sabía adónde; una familia árabe entró en la mercería de enfrente, empujando a los niños, y el mercero los recibió, cerró la puerta, deslizó el pestillo y se quedó plantado detrás del vidrio, vigilando la calle. Entonces volvió a pasar la patrulla de paracaidistas corriendo en dirección opuesta. Los autos se acomodaban precipitadamente a lo largo de las aceras y se detenían. En pocos segundos la calle quedó vacía. Pero inclinándose, Jacques podía ver un gran movimiento de la multitud más lejos, entre el cine Musset y la parada del tranvía.

—Voy a ver —dijo.

En la esquina de la Rue Prévost Paradol,{50}[51] vociferaba un grupo de hombres.

—Raza inmunda —decía un pobre obrero en camiseta, increpando a un árabe pegado a una puerta cochera, cerca del café.


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