El primer hombre
El primer hombre Se oÃan campanillas de ambulancias, rápidas, apremiantes. Jacques corrió hasta la parada del tranvÃa. La bomba habÃa estallado en el poste de electricidad, cerca de la parada. Y habÃa mucha gente esperando el tranvÃa, toda endomingada. El pequeño café de al lado se llenó de gritos, no se sabÃa si de cólera o de dolor.
Se giró hacia su madre. Estaba ahora muy erguida, muy blanca.
—Siéntate —y la llevó hasta la silla que estaba muy cerca de la mesa. Se sentó junto a ella, sosteniéndole las manos.
—Dos veces esta semana —dijo—. Tengo miedo de salir.
—No es nada —dijo Jacques—, ya se va a acabar.
—Sà —dijo ella. Lo miraba con un curioso aire indeciso, como si vacilara entre la fe que tenÃa en la inteligencia de su hijo y su certidumbre de que la vida entera era una desgracia contra la cual lo único que podÃa hacerse era aguantar—. Compréndelo, soy vieja. Ya no puedo correr.