El primer hombre
El primer hombre La sangre volvÃa ahora a sus mejillas. A lo lejos se oÃa el campanilleo de las ambulancias, apremiante, rápido. Pero ella no lo oÃa. Respiró profundamente, se calmó y sonrió a su hijo con su bella sonrisa valiente. HabÃa crecido, como todos los de su raza, en medio del peligro, y el peligro podÃa encogerle el estómago, pero ella lo soportaba como el resto. Era él quien no podÃa soportar esa cara contraÃda de agonizante que le aparecÃa de pronto.
—Vente conmigo a Francia —le dijo, pero ella sacudió la cabeza con resuelta tristeza:
—¡Oh!, no, allá hace frÃo. Soy demasiado vieja. Quiero quedarme en casa.