El primer hombre

El primer hombre

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—¿Estás seguro? —dijo por fin.

—Sí, la oí caer.

Ella seguía mirándolo.

—Muy bien —dijo—. Vamos a ver.

Y Jacques, espantado, vio cómo se enrollaba la manga derecha, desnudaba el brazo blanco y salía al rellano. El se lanzó al comedor, al borde de la náusea. Cuando su abuela lo llamó, Jacques la encontró delante del fregadero, enjuagándose abundantemente el brazo cubierto de jabón gris.

—No hay nada —dijo—. Eres un mentiroso.

El balbuceaba:

—Tal vez la haya arrastrado el agua.

La abuela vacilaba.

—Tal vez. Pero si has mentido, pagarás el doble.

SĂ­, pagĂł el doble, porque en ese mismo momento comprendiĂł que su abuela no habĂ­a hurgado en la porquerĂ­a por avaricia, sino por la necesidad terrible que hacĂ­a que en esa casa dos francos fueran una fortuna. Lo comprendiĂł y por fin vio claramente, en un acceso de vergĂĽenza, que habĂ­a robado esos dos francos al trabajo de los suyos. TodavĂ­a hoy, mirando a su madre delante de la ventana, Jacques no se explicaba cĂłmo pudo no devolver esos dos francos y disfrutar, sin embargo, del placer de asistir al partido del dĂ­a siguiente.


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