El primer hombre

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El recuerdo de la abuela estaba también ligado a vergüenzas menos legítimas. Ella había insistido en que Henri, el hermano de Jacques, recibiera lecciones de violín. Jacques las había interrumpido debido a sus éxitos escolares, que, según él, le eran absolutamente imposible mantener con ese suplemento de trabajo. Su hermano había aprendido así a sacar unos sonidos horribles de un violín frígido y, con todo, podía ejecutar desafinando las canciones de moda. Para divertirse, Jacques, que era bastante entonado, las había aprendido, sin imaginar las consecuencias calamitosas de esa ocupación inocente. En efecto, los domingos, cuando la abuela recibía la visita de sus hijas casadas,{59} dos de las cuales eran viudas de guerra, o de su hermana, que seguía viviendo en una finca del Sahel y que prefería la jerga mahonesa antes que el español, después de servir los grandes tazones de café negro en la mesa cubierta de hule, convocaba a sus nietos para un concierto improvisado. Consternados, éstos traían el atril de metal y las partituras de dos páginas de canciones famosas. Tenían que obedecer. Jacques, siguiendo mal como podía el violín zigzagueante de Henri, cantaba Ramona. «Tuve un sueño maravilloso, Ramona, nos habíamos marchado los dos», o bien «Baila, oh, Djamé mía, esta noche quiero amarte», o, por seguir en Oriente, «Noches de China, noches mimosas, noche de amor, noche embriagadora, noche de ternura…». Otras veces la abuela reclamaba particularmente la canción realista. Entonces Jacques interpretaba «Eres mi hombre, tú, a quien tanto he amado, tú, que me juraste, sabe Dios cómo, que nunca me harías llorar». Por lo demás esta canción era la única que Jacques podía cantar con verdadero sentimiento, pues la heroína de la canción repetía al final su patético estribillo en medio de la multitud que asistía a la ejecución de su difícil amante. Pero la abuela prefería una cuya melancolía y ternura seguramente apreciaba porque era inútil buscarla en su propia índole. Era la Serenata de Toselli, que Henri y Jacques atacaban con bastante brío, aunque el acento argelino no se adaptara realmente a la hora mágica que evoca la canción. En la tarde soleada, cuatro o cinco mujeres vestidas de negro, ninguna de ellas, salvo la tía, con el pañuelo negro de españolas, sentadas en círculo en la habitación pobremente amueblada, con sus muros encalados, aprobaban suavemente con la cabeza las efusiones de la música y del texto, hasta que la abuela, que jamás había sido capaz de distinguir un do de un si y ni siquiera conocía los nombres de las notas de la escala, interrumpía la magia con un breve «Te has equivocado» que cortaba el flujo a los dos artistas. Entonces repetían; «así», decía la abuela cuando sorteaban el pasaje difícil de una manera satisfactoria para su gusto, las mujeres seguían meneando la cabeza y para terminar aplaudían a los dos virtuosos, que desmontaban velozmente el material para juntarse con sus compañeros en la calle. Sólo Catherine Cormery se quedaba sin decir nada en un rincón. Y Jacques todavía recordaba aquella tarde de domingo en que, a punto de salir con sus partituras, al oír que una de sus tías felicitaba a su madre por él, respondió: «Sí, ha estado bien. Es inteligente», como si hubiera una relación entre las dos observaciones. Pero al volverse comprendió la relación. La mirada de su madre, temblorosa, dulce, afiebrada, se había detenido en él con tal expresión que el niño retrocedió, vaciló y salió huyendo. «Me quiere, entonces me quiere», se iba diciendo en la escalera y al mismo tiempo comprendía que la quería locamente, que había deseado con todas sus fuerzas que ella lo quisiera y que hasta entonces siempre lo había dudado.


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