El primer hombre
El primer hombre Las sesiones de cine le reservaban otros placeres… La ceremonia tenía lugar el domingo y a veces también el jueves. El cine del barrio estaba a unos pasos de la casa y, como la calle donde se encontraba, llevaba el nombre de un poeta romántico. Antes de entrar había que atravesar un laberinto de tenderetes árabes en los que se mezclaban cacahuetes, garbanzos tostados, altramuces, pirulíes teñidos de colores violentos y pegajosos caramelos ácidos. Otros vendían pasteles llamativos, entre ellos unas pirámides de crema enroscadas y cubiertas de azúcar rosa, otros, buñuelos árabes que chorreaban aceite y miel. Alrededor de los tenderetes, una nube de moscas y de niños, atraídos por el mismo azúcar, zumbaba y gritaba persiguiéndose bajo las maldiciones de los vendedores que temían por el equilibrio de sus mostradores y que con el mismo gesto ahuyentaban a niños y moscas. Algunos podían protegerse bajo la marquesina del cine, que se prolongaba por uno de los lados, los otros exhibían sus riquezas viscosas bajo el sol vigoroso y el polvo que levantaban los juegos infantiles. Jacques escoltaba a la abuela, que, para la ocasión, se alisaba el pelo blanco y cerraba con un broche de plata su eterno vestido negro. Apartaba gravemente a la estridente gente menuda que obstruía la entrada y se presentaba a la única ventanilla para pedir unos «reservados». A decir verdad, sólo podía elegirse entre esos «reservados», que eran unas malas butacas de madera cuyo asiento bajaba ruidosamente, y los bancos, a los que se precipitaban, disputándose los lugares, los niños, para quienes sólo en el último momento se abría una puerta lateral. De cada lado de los bancos, un agente provisto de un vergajo se encargaba de mantener el orden en su sector, y no era raro verlo expulsar a un niño o un adulto demasiado inquieto. El cine proyectaba entonces películas mudas, actualidades primero, un filme cómico corto, el principal y para terminar una película en episodios, a razón de un breve episodio por semana. A la abuela le gustaban especialmente esas películas en tajadas, cada uno de cuyos episodios terminaba en suspenso. Por ejemplo, el héroe musculoso, llevando en sus brazos a la muchacha rubia y herida, empezaba a cruzar un puente de lianas tendido sobre un cañón con un torrente en el fondo. Y la última imagen del episodio semanal mostraba una mano tatuada que, armada de un cuchillo primitivo, cortaba las lianas del pontón. El héroe seguía andando, soberbio, a pesar de las advertencias vociferadas de los espectadores de los «bancos».{60} La cuestión no era saber si la pareja saldría del paso, no estaba permitido dudar de eso, sino tan sólo descubrir cómo lo haría, lo que explicaba que tantos espectadores, árabes y franceses, volvieran la semana siguiente para ver a los enamorados detenidos en su caída mortal por un árbol providencial. Acompañaba el espectáculo al piano una vieja señorita que oponía a las burlas de los «bancos» la serenidad inmóvil de una espalda flaca en forma de botella de agua mineral, con un cuello de encaje por tapón. Jacques consideraba una marca de distinción que la impresionante señorita se dejara los mitones puestos aún con los calores más tórridos. Por lo demás, su tarea no era tan fácil como hubiera podido creerse. El comentario musical de las actualidades, en particular, la obligaba a cambiar de melodía según el carácter del acontecimiento proyectado. Pasaba así sin transición de una alegre contradanza destinada a acompañar la presentación de la moda de primavera, a la marcha fúnebre de Chopin con motivo de una inundación en China o de los funerales de un personaje importante de la vida nacional o internacional. Cualquiera que fuese el fragmento, la ejecución era siempre imperturbable, como si diez mecanismos secos realizaran en el viejo teclado amarillento una maniobra dirigida desde siempre por engranajes de precisión. En la sala de paredes desnudas y suelo cubierto de cáscaras de cacahuetes, los perfumes del desinfectante se mezclaban con un fuerte olor humano. La pianista era en todo caso la que detenía de golpe el estruendo ensordecedor, atacando con los pedales a fondo el preludio que debía crear la atmósfera de la función. Un enorme zumbido anunciaba que el aparato de proyección se ponía en marcha, el calvario de Jacques comenzaba entonces.