El primer hombre
El primer hombre Como las películas eran mudas, se proyectaban numerosos textos escritos que servían para aclarar la acción. La abuela no sabía leer, de modo que el papel de Jacques consistía en leérselos. Pese a su edad, la abuela estaba lejos de ser sorda. Pero primero había que dominar el ruido del piano y el de la sala, cuyas reacciones eran generosas. Además, no obstante la extremada simplicidad de los textos, había muchas palabras que a ella no le eran familiares, e incluso algunas le resultaban desconocidas. Jacques, por su lado, deseoso de no molestar a los vecinos y preocupado sobre todo de no anunciar a la sala entera que la abuela no sabía leer (ella misma a veces, por pudor, le decía en voz alta, al comienzo de la sección: «Me leerás tú, he olvidado las gafas»), Jacques no leía con tanta fuerza como hubiera podido. El resultado era que la abuela sólo entendía a medias, exigía que repitiera el texto y que lo repitiera más fuerte. Jacques trataba de hablar más alto, los «shhh» lo sumían en una ruin vergüenza, farfullaba, la abuela lo reprendía y llegaba de inmediato el texto siguiente, más oscuro todavía para la pobre vieja, que no había entendido el anterior. La confusión aumentaba hasta que Jacques encontraba presencia de ánimo suficiente como para resumir en dos palabras un momento crucial de La marca del Zorro, por ejemplo, con Douglas Fairbanks padre. «El malo quiere quitarle la muchacha», articulaba firmemente Jacques, aprovechando una pausa del piano o de la sala. Todo se aclaraba, la película continuaba y el niño respiraba. En general los inconvenientes terminaban ahí. Pero ciertas películas del tipo de Las dos huérfanas eran demasiado complicadas y, acorralado entre las exigencias de la abuela y las protestas cada vez más irritadas de sus vecinos, Jacques terminaba por no chistar. Todavía conservaba el recuerdo de una de esas sesiones en que la abuela, fuera de sí, terminó por salir, mientras él la seguía llorando, descompuesto ante la idea de que había arruinado uno de los pocos placeres de la desdichada y malgastado el pobre dinero que tenían.{61}