El verano
El verano Con todas las velas ofrecidas a una brisa limpia, enfilamos un mar claro y musculoso. Cuando alcanzamos la máxima velocidad, ponemos barra a babor. Y hacia el fin del dÃa, corrigiendo una vez más nuestro recorrido, escorado a estribor hasta el punto en que nuestro velamen roza el agua, recorremos a gran velocidad un continente austral que reconozco por haberlo sobrevolado en otra ocasión, a ciegas, en el bárbaro ataúd de un avión. Rey perezoso, entonces mi carreta se arrastraba; yo esperaba el mar sin jamás alcanzarlo. El monstruo aullaba, despegaba de los guanos del Perú, se abalanzaba sobre playas del PacÃfico, sobrevolaba las blancas vértebras rotas de los Andes y, a continuación, la inmensa llanura de Argentina, cubierta de enjambres de moscas, unÃa de un aletazo los prados uruguayos inundados de leche con los rÃos negros de Venezuela, aterrizaba, seguÃa aullando, temblaba de codicia ante nuevos espacios vacÃos que devorar y, con todo eso, no dejaba nunca de avanzar o al menos de no hacerlo más que con una lentitud convulsa, obstinada, una energÃa hosca y fija, intoxicada. Yo me morÃa en mi celda metálica, soñaba matanzas, orgÃas. ¡Sin espacio, no hay inocencia ni libertad! Para quien no puede respirar, la prisión es muerte o locura; ¿qué hacer en ella más que matar y poseer? Hoy, en cambio, estoy ahito de aire, todas nuestras alas chasquean en el aire azul, voy a gritar de velocidad, arrojamos al agua nuestros sextantes y nuestras brújulas.