El verano

El verano

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Bajo el viento imperioso, nuestras velas son de hierro. La costa deriva a toda velocidad ante nuestros ojos, bosques de cocoteros reales cuyos pies se hunden en lagunas esmeralda, bahía tranquila, llena de velas rojas, arenas de lunas. Surgen grandes edificios, ya agrietados por el empuje de la selva virgen que comienza en el patio de servicio; aquí y allá, una ipecacuana amarilla o un árbol de ramas violetas revientan una ventana, Río se derrumba por fin a nuestras espaldas y la vegetación corre a recubrir sus ruinas nuevas en las que se carcajearán los monos de Tijuca. Aún más deprisa, a lo largo de las grandes playas en las que las olas se esparcen en haces de arena, aún más deprisa, las ovejas de Uruguay entran en el mar y lo vuelven de repente amarillo. A continuación, en la costa argentina, grandes y burdas piras, a intervalos regulares, elevan al cielo medios bueyes que se asan lentamente. Por la noche, los hielos de la Tierra del Fuego golpean nuestro casco durante horas, el barco apenas disminuye la velocidad y vira. Por la mañana, la única ola del Pacífico, cuya fría colada, verde y blanca, hierve a lo largo de los miles de kilómetros de la costa chilena, nos levanta lentamente y amenaza con hacernos naufragar. El timón lo evita, sobrepasa las Kerguelen. En el atardecer empalagoso, las primeras barcas malayas avanzan hacia nosotros.



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