El verano
El verano «¡Al mar! ¡Al mar!», gritaban los niños maravillosos de un libro de mi infancia. He olvidado todo lo relativo a ese libro, excepto ese grito: «¡Al mar!» y, a través del Océano Indico hasta el bulevar del Mar Rojo —desde donde, en las noches silenciosas, se oyen estallar una a una todas las piedras del desierto que se hielan después de haber ardido—, volvemos al viejo mar en el que callan los gritos.
Por fin, una mañana descansamos en una bahía llena de un extraño silencio, balizada de velas fijas. Solitarias, algunas aves marinas se disputan en el cielo trozos de cañas. Alcanzamos a nado una playa desierta; durante todo el día, nos metemos en el agua y luego nos secamos en la arena. Al atardecer, bajo el cielo que verdea y retrocede, el mar, tan tranquilo sin embargo, se apacigua aún más. Olas cortas soplan un vaho de espuma sobre la playa tibia. Las aves marinas han desaparecido. No queda más que un espacio, ofrecido al viaje inmóvil.