El verano
El verano Hay ciertas noches cuya quietud se prolonga; sí, ayuda a morir saber que, después de nosotros, volverán sobre la tierra y el mar. ¡Gran mar, siempre labrado, siempre virgen, mi religión con la noche! Nos lava y nos sacia en sus surcos estériles, nos libera y nos mantiene en pie. A cada ola, una promesa, siempre la misma. ¿Qué dice la ola? Si tuviera que morir rodeado de frías montañas, ignorado por la gente, rechazado por los míos, en el límite de mis fuerzas, el mar, en el último momento, llenaría mi celda, vendría a sostenerme por encima de mí mismo y a ayudarme a morir sin odio.
A medianoche, solo en la orilla. Esperar un poco más, y me iré. El propio cielo está al pairo con todas sus estrellas, como esos paquebotes cubiertos de luces que, a esta misma hora, en el mundo entero, iluminan las aguas sombrías de los puertos. El espacio y el silencio pesan juntos sobre el corazón. Un brusco amor, una gran obra, un acto decisivo, un pensamiento que transfigura, provocan en ciertos momentos la misma intolerable ansiedad, reforzada por una atracción irresistible. Deliciosa angustia de ser, proximidad exquisita de un peligro cuyo nombre no conocemos, ¿es vivir, entonces, correr hacia la perdición? De nuevo, sin tregua, corramos hacia nuestra perdición.
Siempre he tenido la impresión de vivir en alta mar, amenazado, en el corazón de una felicidad regia.
1953