El verano
El verano Oran, en cambio, se ha levantado a sà misma sus altares y sus rostros. Teniendo que construir una casa común para los innumerables organismos agrarios que dan vida a esta tierra, los oraneses han pensado en levantar en pleno centro de la ciudad comercial, en la arena y la cal, una imagen convincente de sus virtudes: la Casa del Colono. A juzgar por el edificio, estas virtudes son tres: el atrevimiento en el gusto, el amor por la violencia y el sentido de las sÃntesis históricas. Egipto, Bizancio y Munich han colaborado en la delicada construcción de una tarta que parece una enorme copa volcada. Enmarcan el tejado piedras multicolores del más vigoroso efecto. La viveza de esos mosaicos es tan persuasiva, que a primera vista no se percibe más que un informe deslumbramiento. Pero de más cerca, y una vez despierta la atención, se descubre que tienen sentido: un airoso colono con lazo de pajarita y sombrero de corcho blanco recibe el homenaje de un cortejo de esclavos vestidos a la antigua[5]. El edificio y sus estampas coloreadas han sido situados además en medio de un cruce, entre el ir y venir de los pequeños tranvÃas con jardinera cuya suciedad constituye uno de los encantos de la ciudad.