El verano
El verano Sin duda esa reputación —grande o pequeña— habrá sido usurpada. Pero ¿qué le vamos a hacer? Admitamos más bien que ese inconveniente también puede ser bienhechor. Los médicos saben que hay ciertas enfermedades que son deseables: compensan a su manera un desorden funcional que sin ellas se traducirÃa en mayores desequilibrios. Hay, asÃ, felices estreñimientos y artritismos providenciales. El diluvio de palabras y juicios arrogantes que ahoga hoy en dÃa toda actividad pública en un océano de frivolidad le enseña cuando menos al escritor francés una modestia siempre necesaria en una nación que, por otra parte, le otorga a su oficio una importancia desproporcionada. Ver su nombre en dos o tres periódicos que conocemos es una prueba tan dura, que reporta a la fuerza algunos beneficios al alma. Alabada sea, pues, esa sociedad que, con tan poco gasto, nos enseña cada dÃa en sus propios homenajes que las grandezas que saluda no son nada. Cuanto más fuerte estalla el ruido que hace, más deprisa muere. Evoca ese fuego de estopa que Alejandro VI hacÃa que quemasen con frecuencia delante de él para no olvidar que toda gloria de este mundo es como un humo que pasa.