El verano
El verano Pero dejemos aquí la ironía. Para nuestro propósito, bastará con decir que un artista debe resignarse con buen humor a dejar que ruede por las salas de espera de dentistas y peluqueros una imagen suya de la que se sabe indigno. Así, conocí a un escritor de moda que pasaba por presidir cada noche humeantes bacanales en las que las ninfas se vestían sólo con sus cabellos y los faunos tenían las uñas enlutadas. Sin duda, habría que haberse preguntado de dónde sacaba tiempo para redactar una obra que ocupaba varios estantes de biblioteca. En realidad, ese escritor, como muchos de sus cofrades, duerme durante la noche para trabajar cada día largas horas en su mesa, y bebe agua mineral para no castigarse el hígado. Eso no impide que el francés medio, cuya sobriedad sahariana y celosa limpieza son bien conocidas, se indigne ante la sola idea de que uno de nuestros escritores enseñe que hay que emborracharse y no lavarse nunca. No faltan los ejemplos. Yo mismo puedo proporcionar una excelente receta para adquirir con poco esfuerzo una reputación de austeridad. En efecto, yo soporto el peso de esa reputación, que hace reír de buena gana a mis amigos (yo más bien me sonrojaría, en tal grado la usurpo, y lo sé). Bastará, por ejemplo, con declinar el honor de cenar con el director de un periódico a quien uno no aprecia. Nadie se imagina un sencillo decoro sin alguna tortuosa enfermedad del alma. Nadie llegará a pensar, por otra parte, que si rechazas la cena con ese director puede ser porque, en efecto, no lo aprecias, y también porque lo que más miedo te da en el mundo es aburrirte ¿y hay algo más aburrido que una cena muy parisiense?