La peste
La peste Al día siguiente, cuando Rambert entró por segunda vez en el restaurante español, pasó por entre un pequeño grupo de hombres que habían dejado las sillas delante de la puerta y gozaban de la tarde verde y oro donde el calor iba apagándose. Fumaba un tabaco de olor acre. Dentro, el restaurante estaba casi desierto. Rambert fue a sentarse a la mesa del fondo, donde había estado con González la primera vez. Dijo a la camarera que estaba esperando. Eran las seis y media. Poco a poco los hombres fueron entrando e instalándose. Empezaron a servir y la bóveda de baja altura se llenó de ruido de cubiertos y de conversaciones sordas. A las ocho Rambert estaba todavía esperando. Encendieron la luz. Nuevos clientes llegaron a sus mesas. Pidió la comida. A las ocho y treinta había terminado, sin haber visto a González ni a los muchachos. Se puso a fumar. La sala estaba vaciándose. Fuera, la noche caía rápidamente. Un soplo tibio que venía del mar agitaba con suavidad las cortinas de la ventana. Cuando fueron las nueve Rambert se dio cuenta de que la sala estaba vacía y de que la camarera lo miraba extrañada. Pagó y se fue. Enfrente del restaurante había un café abierto. Rambert se sentó al mostrador vigilando la entrada del restaurante. A las nueve y treinta se fue para su hotel, buscando en vano el medio de encontrar a González, pues no tenía la dirección, con el corazón agobiado por la idea de todas las gestiones que había que recomenzar.