La peste
La peste Fue en ese momento, en la oscuridad atravesada de ambulancias fugitivas, cuando se dio cuenta de que querÃa contarle al doctor Rieux cómo durante todo este tiempo habÃa en cierto modo olvidado a su mujer para entregarse enteramente a buscar una brecha en el muro que lo separaba de ella. Pero fue también en ese momento cuando, al comprobar que todas las vÃas estaban cerradas, volvió a encontrarla en el centro de su deseo y con una explosión de dolor tan súbita que echó a correr hacia su hotel, huyendo de aquel terrible ardor que llevaba dentro, devorándole las sienes.
Al dÃa siguiente, temprano, fue a ver a Rieux para preguntarle cómo podrÃa encontrar a Cottard.
—Lo único que me queda —le dijo—, es volver a ponerme en la fila.
—Venga usted mañana por la tarde —dijo Rieux—. Tarrou me ha pedido que invite a Cottard, no sé para qué. Llegará a las diez: venga usted a las diez y media.
Cuando Cottard llegó a la casa del doctor, al dÃa siguiente, Tarrou y Rieux hablaban de una curación inesperada que habÃa habido en el distrito que este último atendÃa.
—Uno entre diez. Ha tenido suerte —decÃa Tarrou.
—¡Oh! Bueno —dijo Cottard—, no serÃa la peste.