La peste

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Le aseguraron que se trataba exactamente de esa enfermedad.

—Esto es imposible, puesto que se ha curado. Ustedes lo saben tan bien como yo: la peste no perdona.

—En general, no —dijo Rieux—; pero con un poco de obstinación puede uno tener sorpresas.

Cottard se reía.

—No parece. ¿Ha oído usted las cifras de esta tarde?

Tarrou, que lo estaba mirando con benevolencia, dijo que él conocía las cifras y que la situación era grave, pero esto, ¿qué podía probar? Lo único que probaba era que había que tomar medidas más excepcionales.

—¡Oh! Ya las han tomado ustedes.

—Sí, pero hace falta que cada uno las tome por su cuenta.

Cottard miró a Tarrou sin comprender. Éste dijo que había demasiados hombres que seguían inactivos, que la epidemia interesaba a todos y que cada uno debía cumplir con su deber. Cualquiera podía ingresar en los equipos de voluntarios.

—Es una buena idea —dijo Cottard—, pero no serviría para nada. La peste es demasiado fuerte.

—Eso lo sabremos —dijo Tarrou, con tono paciente— cuando lo hayamos intentado todo.


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