La peste
La peste Durante este tiempo, Rieux, sentado a su mesa, copiaba fichas.
Tarrou miraba a Cottard, que se agitaba en su silla.
—¿Por qué no viene usted con nosotros, señor Cottard?
Éste se levantó como ofendido y cogió su sombrero.
Después, con aire de bravata:
—Además, yo, por mi parte, me encuentro muy bien en la peste y no veo la razón para meterme a hacerla terminar.
Tarrou se dio un golpe en la frente como si se sintiese iluminado por una verdad repentina.
—¡Ah!, es verdad, se me olvida que si no fuera por esta situación a usted lo detendrÃan.
Cottard se estremeció y se agarró a la silla como si fuera a caerse. Rieux habÃa dejado de escribir y lo miraba con seriedad e interés.
—¿Quién se lo ha dicho? —gritó Cottard.
Tarrou pareció sorprendido y dijo:
—Pues usted; o por lo menos, eso es lo que el doctor y yo hemos creÃdo comprender.
Y como Cottard, arrebatado de pronto por una cólera demasiado fuerte para él, tartamudeó palabras incomprensibles: