La peste
La peste —No se altere —le dijo Tarrou—. Ni el doctor ni yo vamos a denunciarlo. Su asunto no nos interesa. Y además, la policÃa, todo eso es cosa que no nos gusta. Vamos; siéntese usted.
Cottard miró su silla y después de un momento de duda se sentó. Al cabo de un rato dio un suspiro.
—Es una vieja historia —empezó diciendo— que ahora han vuelto a sacar. Yo creÃa que eso se habÃa dado al olvido. Pero ha habido alguno que ha hablado. Me llamaron y me dijeron que estuviese a disposición de la justicia hasta el final de las indagaciones. Entonces comprendà que acabarÃan por detenerme.
—¿Es grave? —preguntó Tarrou.
—Depende de lo que llame usted grave. En todo caso no es un asesinato.
—¿Cárcel o trabajos forzados?
Cottard parecÃa muy abatido.
—Cárcel, si tengo suerte…
Pero después de un momento añadió con vehemencia:
—Fue un error. Todo el mundo comete errores. Y no puedo soportar la idea de que me lleven por eso, de que me separen de mi casa, de mis costumbres, de todo lo mÃo.
—¡Ah! —preguntó Tarrou—. ¿Fue por error por lo que se le ocurrió colgarse?
—SÃ, una tonterÃa, ya lo sé.