La peste
La peste Rieux intervino y dijo a Cottard que comprendÃa su inquietud pero que probablemente todo se arreglarÃa.
—¡Oh!, por el momento ya sé que no tengo nada que temer.
—Ya veo —dijo Tarrou— que no entrará usted en nuestros equipos.
Él, que daba vueltas al sombrero entre las manos, lanzó a Tarrou una mirada indecisa:
—No deben quererme mal por eso.
—Claro que no. Pero procure usted, por lo menos —dijo Tarrou—, no propagar voluntariamente el microbio.
Cottard protestó y dijo que él no habÃa deseado la peste, que la peste habÃa venido porque sÃ, y que no era culpa suya si le servÃa para solucionar sus conflictos por el momento.
Cuando Rambert llegaba a la puerta, Cottard añadÃa con voz enérgica:
—Por lo demás, mi idea es que no conseguirán ustedes nada.
Cottard también ignoraba la dirección de González, pero dijo que podÃan volver al café del primer dÃa. Quedaron citados para el dÃa siguiente. Rieux dijo que no dejasen de informarle de la marcha del asunto y Rambert los invitó, a él y a Tarrou, para fines de la semana a cualquier hora de la noche, en su cuarto.