La peste
La peste Al día siguiente, los chicos no estaban en su casa. Les dejaron una cita para el día siguiente a las doce en la plaza del Liceo. Y Rambert se volvió a su casa con una expresión que asombró a Tarrou cuando lo encontró al mediodía.
—¿No marcha eso? —le preguntó Tarrou.
—A fuerza de recomenzar —dijo Rambert. Y le repitió su invitación.
—Vengan ustedes esta noche.
Por la noche, cuando entraron en el cuarto de Rambert, éste estaba echado. Se levantó, llenó los vasos que tenía preparados. Rieux, tomando el suyo, le preguntó si todo estaba en buen camino. Rambert dijo que después de haber dado una vuelta en redondo había llegado al punto de partida y que todavía le esperaba una cita más. Bebió y añadió:
—Naturalmente, no vendrán.
—No hay por qué sentar un principio —dijo Tarrou.
—Ustedes no han comprendido todavía —observó Rambert alzando los hombros.
—¿Qué?
—La peste.
—¡Ah! —dijo Rieux.
—No, ustedes no han comprendido que su mecanismo es recomenzar.