La peste
La peste —¿De qué lado?
—Del lado de los vencidos. Pero después he reflexionado.
—¿Sobre qué? —dijo Tarrou.
—Sobre el valor. Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes, pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa.
—Parece ser que es capaz de todo.
—No, es incapaz de sufrir o de ser feliz largo tiempo. Por lo tanto no es capaz de nada que valga la pena.
Rambert miró a los dos.
—DÃgame, Tarrou, ¿usted es capaz de morir por un amor?
—No sé, pero me parece que no, por el momento.
—Ya lo ve. Y es usted capaz de morir por una idea, esto está claro. Bueno: estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no creo en el heroÃsmo: sé que eso es muy fácil, y he llegado a convencerme de que en el fondo es criminal. Lo que me interesa es que uno viva y muera por lo que ama.
Rieux habÃa escuchado a Rambert con atención. Sin dejar de mirarle, le dijo con dulzura:
—El hombre no es una idea, Rambert.
Rambert saltó de la cama con la cara ardiendo de pasión.