La peste
La peste —Es una idea y una idea pequeña, a partir del momento en que se desvÃa del amor, y justamente ya nadie es capaz de amor. Resignémonos, doctor. Esperemos llegar a serlo y si verdaderamente esto no es posible, esperaremos la liberación general sin hacernos los héroes. Yo no paso de ahÃ.
Rieux se levantó con repentino aspecto de cansancio.
—Tiene usted razón, Rambert, tiene usted enteramente razón y yo no querÃa por nada del mundo desviarlo de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Sin embargo, es preciso que le haga comprender que aquà no se trata de heroÃsmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reÃr, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad.
—¿Qué es la honestidad? —dijo Rambert, poniéndose serio de pronto.
—No sé que es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio.
—¡Ah! —dijo Rambert, con furia—, yo no sé cuál es mi oficio. Es posible que esté equivocado eligiendo el amor.
Rieux le salió al paso:
—No, no está usted equivocado.
Rambert miraba a los dos pensativo.
—Ustedes dos creen que no tienen nada que perder con todo esto. Es más fácil estar del buen lado.