Los justos

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KALIAYEV. —(ríe). Es cierto, estaba muy orgulloso de ella. (A Stepan y a Annenkov). Me pasé dos meses observando a los buhoneros y más de un mes ensayando en mi cuarto. Mis colegas nunca tuvieron sospechas. «Un gran tipo», decían. «Sería capaz de vender hasta los caballos del zar». Y a su vez trataban de imitarme.

DORA. —Naturalmente, eso te divertía.

KALIAYEV. —Ya sabes que no puedo impedirlo. El disfraz, la nueva vida… Todo me divertía.

DORA. —A mí no me gustan los disfraces. (Muestra su vestido). ¡Y además, esta antigualla lujosa! Ya podía Boria haberme encontrado otra cosa. ¡Una actriz! ¡Con lo sencilla que soy yo!

KALIAYEV. —(ríe). Estás tan hermosa con ese vestido.

DORA. —¡Hermosa! Me gustaría estarlo. Pero no hay que pensar en esas cosas.

KALIAYEV. —¿Por qué? ¿Por qué siempre esa mirada tan triste, Dora? Hay que ser alegre, hay que ser orgullosa. ¡La belleza existe, la alegría existe! «En los lugares tranquilos donde te anhelaba mi corazón…

DORA. —(sonriente). Yo respiraba un eterno verano…».

KALIAYEV. —Oh, Dora, te acuerdas de esos versos. ¿Sonríes? Eso me alegra mucho.


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