Los justos

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KALIAYEV. —¿Y si fracasamos, Boria? ¿Ves? Habría que imitar a los japoneses.

ANNENKOV. —¿Qué quieres decir?

KALIAYEV. —Durante la guerra, los japoneses no se rendían. Se suicidaban.

ANNENKOV. —No. No pienses en el suicidio.

KALIAYEV. —¿En qué, entonces?

ANNENKOV. —En el terror, de nuevo.

STEPAN. —(hablando desde el fondo). Para suicidarse hay que quererse mucho. Un verdadero revolucionario no puede quererse a sí mismo.

KALIAYEV. —(volviéndose vivamente). ¿Un verdadero revolucionario? ¿Por qué me tratas así? ¿Qué te he hecho yo?

STEPAN. —No me gustan los que entran en la revolución porque se aburren.

ANNENKOV. —¡Stepan!

STEPAN. —(levantándose y acercándose a ellos). Sí, soy brutal. Pero para mí el odio no es un juego. No estamos aquí para admirarnos unos a otros. Estamos aquí para triunfar.

KALIAYEV. —(suavemente). ¿Por qué me ofendes? ¿Quién te ha dicho que yo me aburra?

STEPAN. —No sé. Cambias las señales, te gusta hacer el papel de buhonero, dices versos, quieres arrojarte bajo las patas de los caballos, y ahora, el suicidio… (Le mira). No tengo confianza en ti.


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