Los justos
Los justos DORA. —No estoy tranquila, tengo miedo. Hace tres años que estoy con vosotros, dos años que fabrico bombas. He ejecutado todo y creo que no he olvidado nada.
ANNENKOV. —Por supuesto, Dora.
DORA. —Bueno, pues hace tres años que tengo miedo, ese miedo que apenas la abandona a una en el sueño y que se recupera fresco por la mañana. De modo que he tenido que acostumbrarme. He aprendido a estar tranquila en el momento en que tengo más miedo. No hay de qué enorgullecerse.
ANNENKOV. —Al contrario, enorgullécete. Yo no he dominado nada. Sabes que echo de menos los tiempos de antes, la vida brillante, las mujeres… SÃ, me gustaban las mujeres, el vino, aquellas noches interminables.
DORA. —Me lo sospechaba, Boria. Por eso te quiero tanto. Tu corazón no ha muerto. Y es preferible que desee todavÃa el placer a ese horrible silencio que se instala a veces en el mismo lugar del grito.
ANNENKOV. —¿Qué estás diciendo? ¿Tú? No es posible.
DORA. —Escucha…
(Dora se yergue bruscamente. Ruido de carruaje, luego silencio).
DORA. —No. No es él. Me late el corazón. Ya ves, todavÃa no he aprendido nada.