Los justos
Los justos KALIAYEV. —(enajenado). Yo no podÃa prever… Niños, niños sobre todo. ¿Has mirado a los niños? Esa mirada grave que tienen a veces… Nunca he podido sostener esa mirada… Un segundo antes, sin embargo, en la oscuridad, en el rincón de la placita, yo me sentÃa feliz. Cuando las linternas de la calesa comenzaron a brillar a lo lejos, mi corazón empezó a palpitar de alegrÃa, te lo juro. LatÃa cada vez más fuerte a medida que aumentaba el ruido. HacÃa el mismo ruido en mÃ. Me daban ganas de saltar. Creo que estaba riéndome. Y decÃa «SÃ, sÃ…». ¿Comprendes? (Aparta la mirada de Stepan y recobra su actitud abatida). Corrà hacia el coche. En ese momento los vi. Ellos no reÃan. Estaban muy erguidos y miraban al vacÃo. ¡Qué aire tan triste tenÃan! Perdidos en sus trajes de gala, con las manos sobre los muslos, el busto rÃgido a cada lado de la portezuela. No vi a la gran duquesa, sólo a ellos. Si me hubieran mirado, creo que habrÃa arrojado la bomba. Para apagar por lo menos esa mirada triste. Pero seguÃan mirando hacia adelante. (Alza los ojos hacia los otros. Silencio. Más bajo, todavÃa). Entonces no sé qué pasó. Mi brazo se debilitó. Me temblaban las piernas. Un segundo después era ya demasiado tarde. (Silencio. Mira al suelo). Dora, ¿he soñado? Me pareció que las campanas sonaban en ese momento.
DORA. —No, Yanek, no soñaste.