Los justos

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(Apoya la mano en el brazo de Kaliayev. Este alza la cabeza y los ve a todos mirándole. Se levanta).

KALIAYEV. —Miradme, hermanos; mírame, Boria, no soy un cobarde, no me he echado atrás. No los esperaba. Todo ocurrió demasiado rápidamente. Aquellas dos caritas serias y en mi mano ese peso terrible. Había que arrojarlo sobre ellos. Así. Directo. ¡Oh, no! No pude.

(Desplaza su mirada de uno a otro).

KALIAYEV. —En otro tiempo, cuando conducía el coche, en mi casa, en Ucrania, iba como el viento, no temía nada. Nada en el mundo, salvo atropellar a un niño. Me imaginaba el choque, la cabeza frágil golpeando el suelo… (Calla). Ayudadme (Silencio). Quería matarme. He vuelto porque pensé que debía rendiros cuentas, que vosotros sois mis únicos jueces, que me diréis si tenía razón o no, que no podíais equivocaros. Pero no decís nada. (Dora se le acerca hasta tocarlo. Él les mira; con voz abatida). Propongo esto. Si decidís que hay que matar a esos niños, esperaré a la salida del teatro y arrojaré solo la bomba a la calesa. Sé que no fallaré. No tenéis más que decir, yo obedeceré a la organización.

STEPAN. —La organización te había ordenado que mataras al gran duque.

KALIAYEV. —Es verdad. Pero no me había pedido que asesinara niños.


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