Los justos

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VOINOV. —Siempre he tenido miedo. Anteayer había juntado todo mi valor, nada más. Cuando oí rodar el carruaje a lo lejos, me dije, «¡Vamos! Es cosa de un minuto». Apretaba los dientes. Tenía todos los músculos tensos. Iba a arrojar la bomba con tanta violencia como si tuviera que matar al gran duque con el choque. Esperaba la primera explosión para hacer estallar toda la fuerza acumulada en mí. Y entonces, nada. El carruaje llegó hasta mí. ¡Qué rápido corría! Me dejó atrás. Comprendí que Yanek no había arrojado la bomba. En ese momento me traspasó un frío terrible. Y de golpe me sentí débil como un niño.

ANNENKOV. —No era nada, Alexis. La vida refluye en seguida.

VOINOV. —Hace dos días que la vida no vuelve. He mentido hace un rato, no dormí anoche. Me latía con demasiada fuerza el corazón. ¡Ay!, Boria, estoy desesperado.

ANNENKOV. —No debes estarlo. Todos nos hemos sentido como tú. No arrojarás la bomba. Un mes de descanso en Finlandia y volverás con nosotros.

VOINOV. —No. Es otra cosa. Si no lanzo la bomba ahora, no la arrojaré nunca.

ANNENKOV. —¿Cómo?

VOINOV. —No estoy hecho para el terrorismo. Ahora lo sé. Más vale que os deje. Militaré en los comités, en la propaganda.


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