Los justos

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ANNENKOV. —Los riesgos son los mismos.

VOINOV. —Sí, pero se puede actuar cerrando los ojos. No se sabe nada.

ANNENKOV. —¿Qué quieres decir?

VOINOV. —(febrilmente). No se sabe nada. Es fácil asistir a reuniones, discutir la situación y transmitir después la orden a ejecutar. Se arriesga la vida, claro, pero a ciegas, sin ver nada. En cambio, estar en pie cuando cae la noche sobre la ciudad, en medio de la multitud de los que aprietan el paso para encontrar la sopa caliente, los hijos, el calor de una mujer, estar en pie y mudo, con el peso de la bomba en la mano, y saber que dentro de tres minutos, dentro de dos minutos, dentro de unos segundos te precipitarás al encuentro de un carruaje resplandeciente, eso es el terror. Y ahora sé que no podré empezar de nuevo sin sentirme vacío de sangre. Sí, me da vergüenza. He apuntado demasiado alto. Tengo que trabajar en mi puesto. Un puesto muy pequeño. El único del que soy digno.

ANNENKOV. —No hay puesto pequeño. La prisión y la horca están siempre al final.

VOINOV. —Pero no se ven como se ve al que vamos a matar. Hay que imaginarlas. Por suerte, yo no tengo imaginación. (Se ríe nerviosamente). Nunca llegué a creer realmente en la policía secreta. Es raro en un terrorista, ¿eh? Al primer puntapié en el vientre creeré. Antes, no.


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