Los justos
Los justos ANNENKOV. —¿Y una vez en la cárcel? En la cárcel se sabe y se ve. Ya no hay olvido.
VOINOV. —En la cárcel no hay decisión que tomar. ¡SÃ, es eso, no tomar más decisiones! No tener que decirse «Vamos, te toca a ti; tú, tú tienes que decidir el segundo en que vas a abalanzarte». Ahora estoy seguro de que si me detienen, no intentaré evadirme. Para evadirse todavÃa se necesita inventiva, hay que tomar la iniciativa. Si no te evades, son los demás los que se quedan con la iniciativa. Ellos cargan con todo el trabajo.
ANNENKOV. —Trabajan para colgarte, a veces.
VOINOV. —(Con desesperación). A veces. Pero me será menos difÃcil morir que llevar mi vida y la de otro en la mano y decidir el momento en que precipitaré esas dos vidas en las llamas. No, Boria, la única manera que tengo de redimirme es aceptar lo que soy. (Annenkov calla). Hasta los cobardes pueden servir a la revolución. Basta con encontrarles su puesto.
ANNENKOV. —Entonces todos somos cobardes. Pero no siempre tenemos ocasión de comprobarlo. Haz lo que quieras.
VOINOV. —Prefiero marcharme en seguida. Me parece que no podrÃa mirarles a la cara. Pero tú se lo dirás.
ANNENKOV. —Yo se lo diré. (Se le acerca).